28 feb. 2008

Un pequeño paso.

Solo deseaba encontrarse a si misma antes de que nadie la descubriera. Estar tan perdido en este mundo es otra forma de debilidad, un punto al que muchos apuntan para derribarte sin despeinarse siquiera.
Ella sabía quién era y estaba muy segura de a dónde quería ir, pero cuando se miraba al espejo veía una completa desconocida.
Soñaba cada noche con su futuro, sueños tan grandes como la angustia que la invadía al despertar y saberlos tan imposibles, tan lejanos. Se había impuesto unas metas a las que tal vez no pudiera llegar jamás. Pero su vida estaba en intentarlo, de otro modo, sin ilusión, sin esperanza e incluso sin miedo, hacía tiempo que se habría marchitado como la flor que sucumbe al calor de una tarde de verano, harta de esperar el rocío de la mañana.
Hacía ya algunos años que dejó de preguntarse por qué debía llegar a algún sitio o ser alguien concreto. Y durante ese tiempo se convenció de que todo era deseo suyo, nada tenían que ver los deseos de su madre, esa mujer amargada y en lucha con todo el mundo, porque todo el mundo, siempre según ella, le había robado lo que le pertenecía, le había negado el reconocimiento que se había ganado y siempre le volvió la espalda a pesar de darlo todo por los demás.
Lo cierto es que nunca hizo nada por nadie sin esperar nada a cambio y cobraba cara su ayuda. La llenaba la ambición, la envidia, la codicia y el odio hacia las personas que se negaban a ser sus marionetas, incluida su hija, esa misma que ahora caminaba sola hacia el futuro que su madre quiso alcanzar y nunca consiguió.
Aparentemente podría tratarse de una misma persona, pero interiormente eran muy distintas. La hija tenía un alma muy humana que pugnaba a diario por salir y vencer los anhelos de grandeza con todos los buenos deseos que llevaba dentro.
No sentía envidia ni deseos de venganza y por ello llegó hasta donde su madre jamás lo hiciera, pero ahora no se reconocía.
Cada vez más a menudo florecían unos enormes deseos de romper con todo y dejarse querer. Necesitaba sentir amor verdadero, del que no espera nada a cambio, del que nunca tuvo. Y estaba a un paso de conseguirlo. Simplemente tenía que dejar fluir yo verdadero, una persona hermosa como pocas oculta bajo una coraza que le fue impuesta nada más nacer. Alguien muy lejano a esa imagen de poder y autocontrol, que lloraba de felicidad al ver la primera flor del jardín y se contagiaba de la risa de un niño.
Solo le faltaba comprender que una vez fuera ella misma, se convertiría en un ser más poderoso de lo que jamás su madre hubiera imaginado.
Pero mientras tanto, el espejo le devolvía cada mañana un rostro que no conocía, una imagen que poco a poco iba aborreciendo más y más.
Un pequeño paso más y la cima de todos sus sueños estaría en la punta de sus dedos.

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