25 may. 2007

A veces el silencio y el miedo matan al amor.


- ¿A dónde vamos Juan? Si me acerco más al agua mis alas pueden mojarse y entonces no podría volar al lugar de donde vine. Tendría que quedarme para siempre contigo aquí.
La pequeña Adelí miraba al muchacho un brillo de esperanza en los ojos. Realmente deseaba que Juan la abrazara y caer rodando, unidos en un beso, hasta la orilla del mar, para permaneces siempre unidos.
- ¿Eres un hada?
- No Juan, no soy un hada.
- Me hubiera gustado que fueras un hada para pedirte un deseo, solo uno.
- ¿Y qué deseo es ese Juan?
- Me gustaría que mi amada no se marchara nunca, me gustaría estar siempre a su lado. Pero ella quiere marcharse al lugar donde nació y yo no puedo ir hasta allí. No la volveré a ver jamás.

La mirada de los dos jóvenes se nubló con la tristeza y el silencio dio paso al rugido de las olas.
Él ama a otra – pensaba Adelí mientras contenía el llanto.
Ella quiere marcharse – pensaba Juan con la vista fija en el mar.

Al caer la tarde llegó la despedida, la muchacha batió sus alas con furia y se elevó hacia el horizonte sonrojado mientras rompía a llorar maldiciendo el destino cruel que puso en su camino al ser que amaba sin ser correspondido su amor. Juan permaneció ausente, mirando hacia el punto donde la vio por última vez, hasta que el frío de la noche caló en sus huesos y el dolor del cuerpo fue tan grande como el del corazón.

A veces el silencio y el miedo matan al amor.

1 comentario:

Álex dijo...

El amor no se mata, se transforman. Muy bonito cuento.