6 jun. 2007

UNA HISTORIA DE AMOR Y DUDAS (Quinta parte)

Un día llegó la mala noticia. Reconozco que busqué en ella el consuelo y casi el perdón. Me habían despedido, en el supermercado se hizo una reducción de plantilla y me tocó la papeleta. Al enterarse de esto mis padres tuvieron la feliz idea de pedirme que volviera a casa; no tenía sentido que estuviera pagando un alquiler sino tenía trabajo. Les dije que ya estaba buscando otro y me resultaba más fácil hacerlo si vivía en el centro, allí había más posibilidades, además, no podía dejar tirada a Esther con todo el alquiler. Esta excusa no se la conté a ella, pero cometí el error de contarle lo demás.
Su respuesta fue que, primero, aquello solo era algo pasajero, volvería a trabajar y mientras tanto, podíamos vivir, un poco más justas, pero vivir juntas al fin y al cabo. Lo segundo que dijo tenía que ver con la proposición de mis padres. No lo habrían hecho si supieran que en realidad había una relación de por medio. Esa fue la primera vez que, indirectamente o no tan indirectamente, me hizo saber el resentimiento que llevaba dentro por el hecho de que mi familia aún no la conociera como pareja mía.
Aquella noche discutimos como nunca, en pocos minutos salieron a la luz todos esos pequeños detalles que nos vamos guardando dentro sin darle mayor importancia, pero que al parecer, forman un todo que carcome las entrañas hasta que es expulsado sin contemplaciones con el único fin de hacer daño.
Como me esperaba, intentó tirarme en cara el tiempo que había sacrificado de su trabajo como escritora para estar conmigo, que había dejado de acompañarla los fines de semana sin mostrar siquiera interés alguno. Ni siquiera sabía lo que yo hacía o dejaba de hacer porque nunca le contaba nada. Tuve que defenderme. Así, le puse ante la cara la evidencia de que fui yo quien le pidió que no dejase de escribir por mí, y era yo quien pasaba las noches sola en la cama, y quien tenía que soportar como flirteaba con todas las clientas guapas mientras a mi no me hacía ni un poco de caso. También era yo la que acabó por tragarse todas las tareas de casa, la que hacía las compras, preparaba la cena y lavaba su ropa.
Llegó un momento en que todo quedó en silencio, como si ya nos lo hubiéramos dicho todo. Tanto fue así que en más de un mes apenas mediamos palabra y procurábamos no coincidir demasiado tiempo en la misma estancia. Las miradas se calvaban como puñales.
[Continuará...]

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