8 ene. 2008

Ya no caben más grillos en mi cuarto.



Me desperté con un intenso dolor de cabeza y cientos de luces multicolores revoloteaban por el techo. No recordaba absolutamente nada, ni como llegué hasta mi habitación, ni siquiera como llegué a casa. Probablemente arrastrando mi corazón y mi alma que habían intentado escapar de mi cuerpo.
La última imagen de aquella noche que pudo guardar mi cerebro era la de tus lágrimas y el sonido de unas palabras tan duras como certeras: “Ya no te quiero, me voy y no creo que vuelva jamás”.
Después de tanto tiempo me di cuenta de que no te conocía, solo te amaba. Nunca me paré a pensar porqué estabas conmigo, si sentías algo por mí y mucho menos se sentías lo mismo que yo o acaso parecido.
Siempre dije que de algunas preguntas es mejor no conocer la respuesta y ahora la vida me lo demuestra. Nada hubiera ganado con saber que solo era un mero entretenimiento en su vida, un pasatiempo mientras llegaba algo mejor. La verdad tarde o temprano tenía que salir a relucir y ciertamente ella no era de las personas que buscan el momento adecuado.
Así que allí mismo, en plena calle, bajo la luna de los enamorados decidió que yo ya había vivido mucho tiempo y era mi turno para morir. Porque así me siento, muerto, asesinado a manos de la persona que más he amado en la vida.
Definitivamente el amor ciega, y yo estaba tan ciego que no vi sus flirteos, ni me paré a pensar un solo segundo donde iba cuando no podía quedar conmigo. Ni siquiera creí tantos comentarios como circulaban entre nuestros amigos y conocidos. Tampoco le di importancia a aquella pintada ridícula en el baño de mi trabajo, ridícula entonces, ahora le encuentro sentido. Igualmente ahora si que veo lo que antes no quise ver.
Soy un idiota, con todas la letras, un idiota que ha dejado su alma y su corazón en un rincón del cuarto, sobre la mesita de noche en la que puse la lámpara con la bombilla fundida, no vaya a ser que por error los ilumine y sea plenamente consciente de que estoy muerto.
Sentado en mi cama observo cientos de insectos negros que ocupan todo el espacio libre que dejan los muebles y gritan sin parar, los veo y los oigo. No cabe ni uno más. Tal vez, con un poco de suerte, si consigo dormir esta noche, me devoren y así, deje de sufrir.

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